Introducción
La
relación del ser humano con los animales ha ido transcurriendo por diferentes
etapas y, con el tiempo, se ha ido haciendo más compleja, fuerte e importante.
Es por ello que el estudio de esa relación ha dado lugar a una disciplina
arqueológica la arqueo-zoología o zoo-arqueología.
Esa
relación sería de coexistencia, en un primer momento, de competencia, posteriormente,
y de presa-predador, hasta que con la domesticación, la relación pasa a ser de
control sobre el animal.
Figura
1. Dibujo de Cacería de ciervos en la Cova dels
Cavalls (Cueva de los Caballos) de la
Valltorta (Tirig, Castellón). Según H. Obermaier y P. Wenert (1919).
Con
la domesticación, se inicia un proceso que dará lugar a una serie de cambios
tanto en el ser humano como en los animales: como cazador (predador), su
interés está en dar muerte al animal (presa); mientras que como domesticador
(ganadero-controlador), empero, el interés es mantenerlo con vida, facilitar su
capacidad reproductiva y seleccionar características del animal que faciliten
más aún dicho proceso de domesticación.
Este
proceso implicó transformaciones económicas y sociales, para los humanos,
especialmente en el área de producción de alimentos. Para los animales
domesticados, el proceso se manifestó en cambios anatómicos, fisiológicos y de
comportamiento.
Hasta
el inicio y posterior desarrollo de la domesticación, el humano, salvo algunas
excepciones[1],
sólo contemplaba el aprovechamiento del animal una vez sacrificado. Con la
domesticación, el animal surte al humano de un número mayor y más diverso de
aprovechamientos y usos. Unos aprovechamientos y usos tanto vivo como muerto.
La explotación del animal se hace mayor y mayores los beneficios que
proporciona.
Los
usos y/o tareas vivo son variados y pueden depender de la especie, el sexo, el
tamaño, etc. Incluso, en ocasiones, el mismo animal puede servir para varios al
mismo tiempo. También puede darse el caso de que individuos de la misma
especie, del mismo género y tamaño puedan emplearse para diferentes utilidades
o labores.
Foto
1. Humano que parece haber cazado un caballo con un
lazo o que está domándolo. Pinturas rupestres de la Selva Pascuala (Villar del
Humo, Cuenca).
Con
el control que pasa a tener el humano sobre el animal domesticado, aquél puede
llegar a crear animales a fin de cubrir necesidades. Un ejemplo patente es el
perro. Sino todas las razas, muchas de ellas, son el fruto de una búsqueda por
cubrir unas necesidades…
Aun
así el animal se ha ido manteniendo como objetivo alimentario en casi todas las
etapas. Y en sus restos arqueo-faunísticos se puede constatar esta utilidad.
Figura 2.
Representaciones agrícolas entre las que aparece un arado tirado de bovinos.
Pinturas de la tumba de Najt (TT52)(alrededor de la primera mitad de s. XIV
antes de nuestra era).
A
partir del momento en que el hombre escoge un animal para sacrificarlo, este
animal sufrirá una serie, más o menos amplia y compleja, de prácticas o tareas
con las cuales ese hombre buscará aprovechar todo aquello que le resulte útil
del cuerpo del animal. En lo primero que pensamos es en el aprovechamiento alimentario,
pues no en balde fue el primer uso práctico que se dio a los animales[2].
Pero hay otros componentes del cuerpo animal aprovechables para otros usos: la
piel, los pelos de las crines y cola, los huesos, las astas y el marfil de las
defensas, los ligamentos y tendones, por ejemplo.
Esas
tareas o labores dirigidas al aprovechamiento de diferentes partes y
componentes de la anatomía animal son:
·
El sacrificio del animal.
·
El despelleje o desuello.
·
La evisceración.
·
El despiece o faenado.
·
El desmembramiento y la
desarticulación.
·
El descarnado.
·
El troceo, troceado o despiece.
·
La rotura del hueso con el fin
de extraer el tuétano o aprovechamiento medular / Las fracturaciones
secundarias destinadas a la obtención de grasa y/o caldo.
·
El trabajo de materias duras de
origen animal (hueso, asta y marfil).
Este
es el orden en el que se suelen realizar, desde los tiempos más remotos hasta
la actualidad, aunque no tienen por qué haberse llevado a cabo de la misma
manera ni en el mismo orden siempre (WHITE, 1953).
Estas
labores, además, constituyen el conjunto de las causas culturales o antrópicas de alteración observadas en los
restos óseos animales procedentes de intervenciones arqueológicas.
Figura 3.
Diferentes labores en la preparación de la carne (“Cocina” de Vicenzo Campi. Pinacoteca di Brera, Milán).
Salvo
el descarnado, el despelleje, la evisceración y el despiece, todas las demás técnicas
son las causas culturales o antrópicas más claramente relacionadas con la fracturación
de los restos óseos, o, al menos, las de más fácil identificación. Existe también
otro tipo de manipulaciones, como la rotura del hueso con el fin de extraer el tuétano
o fracturaciones secundarias destinadas a obtener grasa y/o caldo, que podrían romper
el hueso de una forma más “simple” (un golpe contundente, por ejemplo); es decir,
sin la intervención de herramientas cortantes, y que no dejarían unas improntas
de clara adscripción antrópica a nivel macroscópico, como las anteriormente mencionadas
(realizadas con herramientas cortantes).
Habitualmente,
el término marcas antrópicas aparece como un término globalizador de un amplio
tipo de marcas, señales o alteraciones hechas por el ser humano dentro de las
labores de preparación de la carne y de aprovechamiento de otros elementos
anatómicos como huesos, piel, etc. Una preparación que coincide y rebela acciones
o técnicas de carnicería y procesamiento del animal. Desde el momento de su
sacrificio, y la forma de ese sacrificio, se tiene en cuenta una jerarquización
de las diferentes partes del animal. Una jerarquización que responde más a una
diferente repartición de grasa, músculo y tejido conjuntivo, dentro de cada
parte, que a una diferencia de valor nutritivo o incluso de sabor. Un análisis
más detallado muestra la existencia de una proporcionalidad directa entre el
tamaño de los animales y el número de zonas en las que se dividen.
Estas
marcas antrópicas son las que el ser humano deja en los huesos con útiles o
herramientas más o menos cortantes. Útiles que le permiten vencer las
configuraciones anatómicas y biológicas del animal y actuar sobre él de una
forma premeditada y según su concepción económica (BLASCO SANCHO, 1992). Hay
una evolución en el despiece y en el desmembramiento que implica cambios
importantes en el modo de procesar los animales. Es de suponer que a medida que
se fueron mejorando los implementos de carnicería se pudieron llevar a cabo despieces
y desmembramientos más metódicos y meticulosos.
Bibliografía
AIELLO, Leslie C. &
WHEELER, Peter (1995): “The expensive tissue hypothesis: the brain and the
digestive system in human and primate evolution”, Current Anthropology, 36, p. 199-211.
ARSUAGA, Juan Luis (2002): Los aborígenes. La alimentación en la evolución humana. Academic Press, New York.
BINFORD, Lewis R. (1978): Nunamiut Ethnoarchæology. Academic
Press, New York.
BINFORD, Lewis R. (1981): Bones. Ancient men and modern myths. Academic
Press, Studies in Archæology, New York.
BINFORD, Lewis R. (1984): Faunal Remains from Klasies River Mouth.
New York.
BLASCO SANCHO, María Fernanda (1992): Tafonomía y Prehistoria. Métodos y
procedimientos de investigación. Departamento de Ciencias de la Antigüedad
(Prehistoria)-Universidad de Zaragoza y Departamento de Cultura y Educación del
Gobierno de Aragón.
CHAIX, Louis & MÉNIEL, Patrice (2005): Manual de Arqueología. Ariel
Prehistoria, Barcelona.
NØE-NYGAARD, N. (1977):
«Butchering and marrow fracturing as a taphonomic factor in archæological
deposits», Palæobiology, 3, p.
218-237.
WHITE, T.E. (1953):
«Observations of the butchering techniques of some aboriginal peoples 2», American Antiquity, 19 (2), p. 160-164.
[1] Las
cornamentas de los cérvidos, por ejemplo, podían ser aprovechados por el ser
humano sin que ello comportase su muerte. Cada año las mudan.
[2] Ha sido tan importante ese aprovechamiento que
incluso ha llevado, a científicos como Leslie C. Aiello y Peter Wheeler (AIELLO
& WHEELER, 1995) o Juan Luis Arsuaga (2002), a afirmar que una alimentación
rica en grasas animales y proteínas habría permitido un aumento progresivo del
volumen cerebral; y con dicho incremento, un desarrollo progresivo de la
inteligencia. Sea o no así, parece incuestionable que la incorporación, de
cantidades importantes, de productos alimenticios de origen animal en la dieta
de los homínidos supuso el primer gran cambio en la historia de la alimentación
humana. Esa dieta rica en carne facilitó el aporte energético necesario para
que aumentara el volumen cerebral y disminuyera la longitud de los intestinos.





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